La Mujer Canica

miércoles, julio 05, 2006

Día 26- Todo






Está todo perdido.

O el problema es que está todo encontrado.
No lo puedo saber bien.
Lo que sé...
Es lo que sé el problema.
No aprendo a vivir. No puedo decir las cosas con su nombre. Nombro una gaviota cuando, en verdad, quiero decir, algo así como... patito rojo.
Ya no quiero palabras que me alcancen. No puedo, sin embargo, olvidar que las sé cuando me gritan que quieren salir al mundo, y decirme. Entonces las digo, y las repito, como si fueran honradas representaciones de lo que mi pulsión cavernícola siente. Eso que te dice: estoy, voy a estar siempre. ¿Pero, nunca te lo dije?.
En cada trocito del desgarro que causan las palabras, en cada crueldad palabroica, suspiro. Aspiro y exhalo... aspiro y exhalo. Es la rutina que intento ejercitar para vencer lo imposible: el vacío. La nada, ese punto negro en la noche. En la existencia.
Pongo en cada trago rasposamente imaginado ( brusquedad que mata nombres), un poco de sangre. Como si la sangre fuera esa botella. Como si la sangre se comprara embotellada y con su precio cabal, o digno... para beberla, vomitarla y orinarla. Y luego, al instante, un remolino de fuego y ceniza escarchada. Un espiral de humo intransitable. Bruma o arcada cósmica. La botella cayendo al suelo, rompiéndose: rápidamente ahora: las venas como cuerdas. Ahora: el cuerpo como violín. Ahora: la botella rota, el vidrio como vara. Ahora: la vara en las cuerdas rozando agitada y el violín sonando palabras/

Interrupción.

La vida es una tragicomedia donde los actores no saben que no se aprende del errar del amor (¿o la vida despojada?), porque en él no habita el error, ni la caída, ni la culpa, ni la equivocación... no hay después. Hay eterno presente (ojo, auque también intemperie) mientras dura (parafraseando a Ismael Serrano). Y los que quieren no errar... pobrecitos. Condenados a lo podrido, superficial y miserable. A lo urgente disimulado, tapado con palabras totalitarias como, por ejemplo, imposible (así como se encubre a la desdicha con dinero y modos correctos y se nombra a la responsabilidad porque está de moda, rechazando a la pasión –¡como si la pasión, y digo Pasión, no fuera responsable!-). Condenados: a la no belleza, a la no libertad, a la negación... al olvido instantáneo... pobrecitos.
Lo digo yo, que había prometido no querer a nadie más que a mi perro, ni vivir más de lo exigido.

Interrupción.

Lo que sé es el problema: sigo estando. ¿Pero, no te lo dije?.
El problema es que sos más en mí, que yo misma. El problema es que, aunque te mate con olvido cada vez que te acuerde, en cada palabra que escucho se provoca el desacuerdo entre vos innombrable y vos en mí. Un conmigo más real que lo que vivo como cierto. Suspiro vos.
No quise que fueras un chico en el cielo (como dicen los divididos, vaya ironía), pero un golpe te incrustó en él, como una mariposa muerta por la articulación técnica entre velocidad y parabrisa. Palabra y tiempo.

Interrupción.

La libertad no puede parecerse a ésto. La libertad no puede ser escribir o nombrar. ¡Por favor, que no lo sea!. La libertad tiene que ser otra cosa, no esta cadena larga, casi invisible, casi no sentida, pero tirante. ¡Pobrecita la libertad!. Pobre de ella que intento llamarla y digo jinete verde, nubecita en mano segura, abrazo de gallina. Merezco condena cuando lo intento: Jinete en mano de gallina. Seguro gallina verde. Nubecita jinete, verde emplumada con palabras de patito rojo, es decir, gaviota. Merezco condena cuando lo intento.

Interrupción.

No seas cruel. No me digas. No me tengas en palabras tristes; porque sabés que estoy. ¿Pero, te lo dije?
Ahora es más fácil decirlo, porque lo que digo es y no es al mismo tiempo para vos. Porque no te lo digo a vos ausente, se lo digo al vos en mí. Y lo aceptás y te quedás, vos mismo me ordenás quedarte. No necesito decirlo. Necesito que lo comprendas.
Algo dicho sería lo que intento decir: si me dijeran que mañana (un mañana que puede ser justamente el que se sucede a este día, o aquel del segundo rápido antes de morir), definitivamente mañana, se acaba el mundo, yo, iría a buscarte. Te encontraría, y te diría nuevamente: yo creo en vos. Creo, también, en tus palabras. Quedate conmigo. Solamente eso: quedate a mi lado, así, tierna e ingenuamente. Tengo miedo sabiéndote perdido.
Yo, perdida en mí, sin saberte a mi lado. Porque las palabras alcanzan sólo para otras palabras. Pero vivir nos nace huérfanos errantes, buscadores de un más allá que se afirme en el más acá.
“La vida es una cárcel con las puertas abiertas” (escribió media Verónica), y de nuevo las palabras.
Pero aspiro y exhalo.
Nombro cosas mientras barro la vereda de la razón. Ahora entiendo que el último pecado indiscreto de lo que nombra eso que se dice “amor”, es creer que la mezcla (terrible, por cierto), entre la fábula lírica complaciente y la verdad sentida de la pasión, pueden traducirse de una a otra.
Y digo: tu nombre se confunde con el cariño del viento al barrilete y, también, con la ferocidad del colmillo clavado en los pulmones. Pero no entendés nada de lo que digo. Es aun más la afección y el aprecio.
Si tan sólo supieras que, lo que guarda el cielo no es más que lo que tengo acá en la tierra para darte. Si tan sólo las palabras me ayudaran a que lo entiendas. Pero no me auxilian.
Pero nada, que es igual que decir todo cuando la confusión se hace presente. Paso de decirte todo a decirte nada. Paso por tu nombre, a mi palabra que toma vuelo regresivo. De nuevo: de mí hacia mí (lloronamente estúpido).
Insisto: en lo que la nostalgia devora con su hábito de buena carroñera. Insisto: en nombrar la libertad, y me atormento. Insisto: en las palabras, aunque masturbación intelectual para satisfacer los deseos de la razón. Insisto: saltando -intensísima- en la tirita gastada que queda de mi vida equilibrista. Insisto: en saber que no recé en vano y que el frío no se cura con anestesia ni más helada. Insisto: enroscándome en la complicación (a veces, paralización) de nacerme en ese rincón intermedio y torpe, entre el cielo y la tierra. Insisto: escapándome de la desaparición, siempre, a la creencia.
Insisto porque, aunque agrietada de espanto y negra de conciencia finita, voy (fuerte y agudamente) viviéndome entera.

4 Comments:

Anonymous Anónimo said...

... pero el amor era un espacio repleto de cadáveres, huesos sin nombre, cenizas que el viento desparramaba por el mundo. Había un perro que se llamaba como yo. Y era yo el que venía a mi encuentro a lamerme las heridas que crecían debajo de la piel. El perro me miraba, le mostraba una clavícula, un ojo suelto (una canica, un mundo perdido y ciego), una mano que ya no acaricia. Entre restos de ausencia, éramos dos perdidos en el mismo nombre. Extraños, para siempre, aullando en el espacio del amor, el olvido.

11:47 p. m.  
Anonymous javier desde santiago said...

iba a escribirle a la mujer canica y ahora me encuentro con este comentario anterior. lo que puedo decir es que deberian haber mas paginas asi, se nota que ustedes saben de amores y de muertes como dijo una mujer en otro comentario. que historia!! la de ustedes.

12:27 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

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9:14 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

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1:55 p. m.  

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